Hay clubes que nacen de un proyecto y otros que nacen de una afición. El Real Club Náutico de El Puerto de Santa María pertenece a los segundos.
Sus orígenes se remontan a los primeros años del siglo XX, cuando su sede no era más que una pequeña casa levantada entre dos puentes: el de San Alejandro, hoy desaparecido, y el del ferrocarril. Dos plantas bastaban entonces para todo. En la de abajo se guardaban las embarcaciones; en la de arriba había un pequeño bar donde se hablaba de mareas, de viento y de las travesías del día siguiente
Aquella modesta instalación conoció un momento de gloria inesperado. S.M. el Rey Don Alfonso XIII, con motivo de su viaje a la Escuela Naval de la vecina San Fernando, quiso visitar el Club. Su presencia dio a aquellas humildes dependencias una relevancia que nadie habría imaginado, y dejó grabado en la memoria de los socios el orgullo de haber recibido a la Casa Real junto al Guadalete.
El Club siguió funcionando algunos años más, hasta que un fortuito incendio acabó con él. Del edificio no quedó nada. De la ilusión, en cambio, quedó lo suficiente.
Porque en 1948, un grupo de aficionados a la mar y a los deportes náuticos decidió que aquella historia no podía terminar así. Javier Terry Ganaza dio el primer paso: localizó al antiguo secretario del Club, en cuyo poder seguía toda la documentación salvada del fuego. Con ella bajo el brazo, y junto a Juan Gavala, los hermanos Manuel y Antonio Benjumeda, Muñoz Ávila, Joaquín Calero, Miguel Duro y Bernardo Sancho, se trazaron por primera vez los planes para volver a poner en pie aquella vieja entidad deportiva tan portuense. El presupuesto era ínfimo. La ilusión, en cambio, no tenía medida.
Mientras se hacían las gestiones, el mar no esperó. Aquellos aficionados organizaron la primera regata de snipes que se celebró en El Puerto de Santa María, el 16 de julio de 1948, festividad de la Virgen del Carmen, patrona de los hombres de la mar. No pudo elegirse mejor fecha. Tomaron parte algunos snipes de Cádiz junto a la flotilla portuense, clasificados en dos grupos, A y B, sobre un recorrido triangular frente a la playa de Valdelagrana, trazado lo más lejos posible de la influencia de las corrientes del Guadalete y del San Pedro. Uno de sus vértices, el de salida y meta, se situaba en la desembocadura del Guadalete. Aquel triángulo acabaría convirtiéndose en el recorrido tradicional de la vela ligera portuense.
La copa de la clase A la ganó la embarcación «Badarkablar II», de los hermanos Larrañaga; la de la clase B se la adjudicó el «Narval», portuense, tripulado por Miguel Duro del Moral.
El 8 de agosto de aquel mismo año se corrió la copa «Casa Caballero», una regata-crucero entre El Puerto de Santa María y Cádiz, con regreso al punto de partida. La salida se dio a las nueve de la mañana con un disparo de escopeta de caza que realizó Joaquín Calero. Venció el «Aloha-oe», patroneado por José María Jiménez Hernández.
Pero más allá de las regatas, el objetivo de fondo seguía siendo otro: volver a tener un Club. Y en el otoño de 1948, Juan Gavala culminó las gestiones necesarias y consiguió, dentro del recinto portuario, el terreno suficiente para instalarlo. Fue en la margen derecha de la desembocadura del río Guadalete, el mismo lugar que el Club ocupa hoy.
Desde entonces, el Guadalete ha visto pasar generaciones de socios, miles de singladuras y una afición que no ha dejado de crecer. Aquella casa entre dos puentes ya no existe, pero lo que empezó en ella sigue navegando.